El Espíritu Santo no es solamente una fuerza o una emoción. Es Dios obrando en la vida del creyente y en su Iglesia. Jesús prometió que sus discípulos no quedarían solos, sino que recibirían al Consolador para estar con ellos.
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.”
— Juan 14:16El Espíritu Santo transforma vidas
Cuando una persona recibe a Cristo, el Espíritu Santo comienza una obra de transformación en su vida. Cambia nuestra manera de pensar, nos ayuda a dejar aquello que desagrada a Dios y nos enseña a vivir una nueva vida en Cristo.
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es.”
— 2 Corintios 5:17Esta transformación también se hace visible mediante el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gálatas 5:22-23). Una verdadera obra del Espíritu Santo no solamente produce emoción; produce una vida transformada.
El Espíritu Santo santifica al creyente
El Espíritu Santo también trabaja diariamente en nosotros para ayudarnos a vivir en santidad. La santificación significa apartarnos del pecado y aprender a vivir de una manera agradable a Dios.
“Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.”
— 2 Tesalonicenses 2:13No alcanzamos una vida santa solamente mediante nuestras propias fuerzas. Necesitamos que el Espíritu Santo nos ayude a vencer las tentaciones, corregir nuestros errores y parecernos cada día más a Cristo.
El Espíritu Santo manifiesta sus dones
Como iglesia creemos que los dones del Espíritu Santo continúan vigentes para la Iglesia.
“Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho.”
— 1 Corintios 12:7En 1 Corintios 12:8-10 encontramos diferentes manifestaciones del Espíritu, entre ellas palabra de sabiduría, palabra de ciencia, fe, dones de sanidades, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, diversos géneros de lenguas e interpretación de lenguas. Estos dones no son para engrandecer a una persona. Son dados para servir, ayudar y edificar a la Iglesia.
El Espíritu Santo reviste de poder
Antes de enviar a sus discípulos a predicar, Jesús les dijo que necesitaban recibir poder de lo alto.
“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos.”
— Hechos 1:8Esta promesa se manifestó de una manera especial el día de Pentecostés:
“Y fueron todos llenos del Espíritu Santo.”
— Hechos 2:4Pentecostés nos recuerda que la Iglesia no puede cumplir su misión solamente con capacidad humana. Necesitamos el poder del Espíritu Santo. Él nos da valor para hablar de Cristo, fortaleza para permanecer firmes y capacidad espiritual para servir.
El Espíritu Santo nos impulsa a anunciar a Jesucristo
El propósito del poder del Espíritu Santo no es solamente tener una experiencia dentro de la iglesia. Somos llenos para salir y ser testigos de Jesucristo.
“Él me glorificará.”
— Juan 16:14Cuando el Espíritu Santo verdaderamente está obrando, Jesucristo ocupa el centro. Por eso, una Iglesia llena del Espíritu Santo debe ser también una Iglesia evangelizadora, misionera y comprometida con la Gran Comisión:
“Id, y haced discípulos a todas las naciones.”
— Mateo 28:19Reflexión
Necesitamos al Espíritu Santo para vivir la vida cristiana y cumplir la misión que Jesús nos dejó.
Necesitamos su presencia para transformar nuestra vida.
Necesitamos su ayuda para vivir en santidad.
Necesitamos sus dones para edificar la Iglesia.
Necesitamos su poder para ser testigos de Jesucristo.
Y necesitamos su dirección para llevar el Evangelio hasta donde todavía Cristo no ha sido anunciado.
Una Iglesia llena del Espíritu Santo no solamente habla del poder de Dios: vive una vida transformada, permanece en santidad, sirve con sus dones y sale a anunciar a Jesucristo.
“Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos.” — Hechos 1:8